Dos perspectivas de un mismo conflicto

María del Carmen Balado Carreira es inmigrante española y tiene 77 años; llegó a Buenos Aires en 1950 y se desempeño como costurera hasta que se jubiló.

 “La guerra se sintió con menor intensidad en el campo debido a que nosotros producíamos nuestros propios alimentos. Mi esposo, que en aquel entonces vivía en Vigo, siempre dice que para ver como se encuentra una ciudad, hay que ver cuantos gatos hay en las calles. En las ciudades de España durante la guerra civil había hambre y no existían los gatos.

Galicia fue una de las primeras regiones en ser conquistadas por el ejército franquista, y era común que pasaran por las aldeas en búsqueda de reclutas. Ese era el más grande temor de mi madre; que se llevaran a sus hijos adolescentes a combatir en algún frente. Además, mi padre vivía en Argentina y venía a la aldea una vez cada dos años a visitar a su esposa y a sus nueve hijos. Fueron años difíciles para mi madre.

Recuerdo que durante dos años refugiamos en el sótano de la casa a un hombre que era buscado por tener conexiones con los anarquistas. Situaciones como aquella sucedieron en varias aldeas de Galicia, en donde el clima era de menos tensión que en el resto del país. Tan solo tenía ocho años, pero me acuerdo de bajar una o dos veces por semana para llevarle un plato con comida, pese a no comprender bien la situación entonces. Mis hermanos mayores, que tenían una visión más madura del conflicto, cuidaron de mi hermana y de mí durante aquellos años y se encargaron de ayudar a mi madre en las tareas domésticas. No sabíamos realmente cuando iba a terminar la guerra, pero al ser tantos en la casa, al menos podíamos colaborar entre todos para que los asuntos domésticos se tornen menos caóticos.

Para nosotros la posguerra no fue tan traumática como para los habitantes de las ciudades. Allí debían racionar las comidas; tan solo comían pan una vez por semana, y nadie que haya pasado por esa situación se olvidará jamás de la sensación. Miles de personas murieron a causa de malnutrición, hambre y otras enfermedades desatadas tras el fin de la guerra. Mi esposo, hijo de un dibujante que trabajaba en un astillero, vivió el caos de la ciudad. Ellos tenían más ingresos que nosotros, pero en el campo cultivábamos y podíamos subsistir en un clima menos bestial.

El encuentro que se dio en Buenos Aires con varios compatriotas, algunos años después, estuvo marcado por estas distancias que había entre el campo y la ciudad. Evidentemente, nosotros, los del campo, no podíamos realmente comprender cuan salvaje puede resultar una posguerra en las ciudades cuando no llegan los alimentos. Ellos, curados de espanto por todas las situaciones que tuvieron que atravesar y mejor preparados para subsistir en el exilio, nos enseñaron el valor que tiene cada plato de comida diario”.

Por Santiago Reboreda

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One Response to Dos perspectivas de un mismo conflicto

  1. rafa dice:

    Qué historia de vida.

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