Caballito blanco

Julio 13, 2007

Y ahora habrá que soportar los debates televisivos entre eruditos de Pequeño Larousse Ilustrado, que discuten si lo que caía en un principio era nieve o agua-nieve: nadie sabrá explicar con claridad la diferencia entre un fenómeno y otro. No faltará el ecologista exacerbado que de alerta del recalentamiento global o efecto invernadero, el agujero de ozono, la liberación de gases tóxicos por parte de las empresas del Norte, comparaciones con la película El día después de mañana, hasta concluir con la síntesis amarillista que ya todos conocen pero que todos esperan: estamos en presencia del fin del mundo. Si fuera por los que lo dicen, el planeta ya hubiese desaparecido más de diez veces. Lo cierto es que basta con correr la cortina para mirar hacia afuera y descubrir los autos ¿blancos? Nieve en Buenos Aires, Capital Federal, Caballito.

Las viejas que no conocían la nieve saldrán a las calles con sus hijas que tampoco conocían la nieve a mostrarles a sus hijos que el Parque Rivadavia está cubierto de una insólita alfombra helada. Navidad, gritará un chico, dulce Navidad, y habrá algún estudiante de colegio primario que se preguntará por qué en las películas yanquis, las fiestas las pasan con frío y acá, en Argentina, si no tenés aire acondicionado, estás frito.

Mujeres bien de Barrio Norte dirán que prefieren la nieve de Paris a la de Capital Federal, como si pudiese compararse, como si en verdad fuese un hecho cotidiano. Los medios de comunicación no harán otra cosa que hablar de nieve, nieve, nieve; Buenos Aires, por una vez en más de ochenta años, recorrerá las pantallas extranjeras por una casualidad, fenómeno químico-meteorológico y que nada tendrá que ver con la corrupción y los accidentes de tránsito.

Crónica le hará una entrevista exclusiva (y “será primicia”) a un hombre en zunga; a un chico que hace un muñeco de nieve, souvenir de la helada, sobre el capot de una furgoneta, y lo adornará con una bufanda y algunas zanahorias que tenga a mano; y también saldrá por la tele, un adolescente abrazado a su inútil tabla de snowboard, que mandará saludos para todos los que lo conozcan.

Por Juan Bautista Torres López